Años después (parte 3, fin)

En cualquier momento oscurece. Miro hacia abajo y mi pie izquierdo reposa sobre la misma losa verde donde venía a congelarme de chiquillo. Toco el timbre. ¿Así era el timbre? Si mi vida dependiera de recordar este detalle, ya estaría muerto. La ventana sí, es la misma. Sale el papá, de quien X heredó los ojos cegatones.

¿Quién la busca? Un amigo. ¿Un amigo? Sí, un amigo de hace muchos años. ¿Cuántos?

¿Qué mas da? Seis, doce, veinte. ¿Qué le pasa a este sujeto? ¿Acaso su hija no puede tener amigos de hace años, viejo tarado? Lo pienso, no lo digo, y lo insulto por joder: el hombre parece más incrédulo que desconfiado.

No está, se fue a la parroquia, canta en el coro, dice. Me da algunas coordenadas y parto rumbo a la iglesia de Nuestra Señora de sabe Dios qué, a pie. Cinco o seis cuadras. Ya es de noche y hace un frío horrendo.

La parroquia es una construcción altísima (como cualquier parroquia) con un montón de oficinas alrededor. De una de ellas, la única iluminada, se escucha el rasgueo desganado de una guitarra. Me asomo a la puerta y encuentro a tres muchachos y una chica. No es X.

¿Quién la busca? Un amigo, etcétera. Piden más explicaciones, así que suelto el rollo. Entero. Ahora díganme dónde está X. Se fue a su casa hace un rato, tú que llegabas, ella que se iba, pero de todas maneras la encuentras en su casa.

Me cago en X. Con este frío. Me voy por donde vine y en el camino repaso en mi cabeza por qué estoy aquí: viniste a pedir una disculpa, como quien no pide nada en realidad, no hay razón para ceder al drama. A eso viniste.

Toco el timbre: bolita negra redonda sobre un marco blanco. Ya me lo sé. De nuevo sale el padre. Me reconoce, devuelve la cabeza al interior de la casa y grita: ¡X, te buscan!

Pero la mujer que sale a la puerta es otra: una gorda descomunal que no sabe quién soy ni que hago ahí. Yo, en cambio, segundos después, sé por fin quién es ella. Es X, sus ojos, su voz. Tiene que acordarse. Insisto: año 89, los viernes, la poesía…

Cuando por fin me encuentra en su memoria, abre los ojos como dos ventanales, suspira violentamente y me dice: ¡Tunche! ¡Qué haces aquí! Pero no tiene caso responderle. No se puede. Sin darse pausa, me invita a pasar —siempre hay una primera vez—, me ofrece algo de tomar y prosigue: Tunche, mira cómo estoy, discúlpame, pero déjame explicarte, no es descuido, de verdad, yo sufrí un accidente, casi pierdo las piernas y dos años estuve, dos años, en cama, sin poder caminar. Y, claro, comía y comía y engordé tanto que ahora bajar un kilo me cuesta un mundo. Discúlpame, Tunche, discúlpame…

Jamás, que yo recuerde, me había hablado con esa urgencia que ahora parece devorarla. No tienes que explicarme nada, X, nada, por favor. Mucho menos pedirme disculpas. Al contrario, soy yo quien te las debe.

¿Por qué?, pregunta en un respiro. Y (aquí vamos) le explico: me porté como un patán, cosas de chiquillos, hace tanto tiempo, y tú, X, te quedaste tan mal. Pero no tiene caso, X no se acuerda: Qué raro, ¿tú hiciste eso?

La memoria tiene su propia forma de limpiarse. Algunas cosas se disuelven y las que van quedando llenan los vacíos a veces abismales de todo lo que se pierde. La memoria miente, no hay forma de hacerle caso, y X es la víctima feliz de los recuerdos que no encuentra.

A partir de este momento, todo lo que pase tendrá un solo objeto: largarme como sea de esta cita de extraños, de esta trampa tendida por la culpa, la nostalgia, la memoria. Yo que venía a cerrar mi penitencia, y ahora es X la que ruega que no la mire, que por favor la perdone.

Hacemos entonces lo que hacen dos extraños que se encuentran por la calle y que no se necesitan: intercambiar teléfonos, direcciones, que a la vuelta de la esquina ya no sirven para nada.

Me despido de X y comienzo la digestión de todo lo que dijo: el accidente, sus piernas inútiles, los domingos de música en la iglesia, sus intentos fallidos de ser la misma de antes. Cruzo el vano de la puerta y afuera el viento que llega desde el mar, las luces de un semáforo, el ruido de los autos, me devuelven lentamente hasta mi mundo.

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4 comentarios

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4 Respuestas a Años después (parte 3, fin)

  1. Me encant’o la historia, poeta conguero. Siempre encuentras una manera mejor de contarla. Recuerdo la primera vez que me la contaste y me parecio triste. La siguiente, la escribiste y fue muy graciosa. Esta vez, es mas que todo eso, es tu cuento. Como siempre, me quito el sombrero.

  2. ya vemos que las angustias son de cada uno. La linda de los ojos verdes enormes no se acordaba de nada y el cuentista sufre y sufre. Es la historia de todos o de muchos y está para publicarla ahora mismo..

  3. Panoramix

    Al final, X al menos fue un recuerdo. D es solo una pequena parte de la historia. Leido y copiado

  4. dondetinta

    Y entonces Maistro, ¿nos dejamos devorar por el olvido o le apostamos a las memorias de teflón? Yo soy así, lo que no se me resbala, se me olvida. Fracaso total.

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