Siempre he pensado en Chimbote como un pueblo muerto. En algún momento su puerto fue el corazón de la economía nacional y ahora, para mí, era ese pueblo fantasma donde vive un tío que apenas conozco y donde, si acaso, comienza a gestarse en mi cerebro esa abstracción árida que es el norte del Perú. Pero ese fin de semana lo pasamos en Chimbote. Mi hermana quería que la familia entera conozca a su novio chimbotano en su paisaje natural, y tomar fotos, etcétera.
Vaya cojudez. Pero hacía años que no salíamos en familia y a esas alturas cualquier pretexto era bueno para hacerlo.
El desamparo de mi recuerdo de ese pueblo se contradice con el hotel azul al borde de un acantilado donde toda la familia se quedó a dormir esos dos o tres días: mis tres hermanas, S y los viejos. Era un lugar acogedor, y sus empleados te atendían como si mañana te fueras a morir.
Mañana era hoy. Sábado. Diez a. m. Era verano, pero aunque no lo fuera todos los caminos terminaban clavándose en el mar, de modo que S y yo dijimos que ya veníamos, bajamos las escaleras del hotel, caminamos hasta la punta de un pequeño muelle y con el desayuno en la punta de la lengua, saltamos al agua color esmeralda.
Frío. Mis pies no alcanzaban a tocar ni un solo montón de arena. Mi hermano, a mi costado, es más alto que yo, tal vez la historia con sus pies era distinta. Pero en cuanto volteé a mirarlo me di cuenta de que estaba en las mismas: sin piso y a unos seis metros infinitos del muelle.
Pero nadar de regreso era como bailar en mi sitio. El mar tiene esa lógica que no le sirve a un peatón: tú nadas, si a él le da la gana, te mueves. Si no, intentas otro día y a ver qué pasa.
No recuerdo una experiencia más abrumadoramente silenciosa. S y yo hablamos todo el tiempo, y cualquier trivialidad merece una cerveza, pero en ese instante era mejor no abrir la boca para no darle voz al pánico.
S y yo hemos hecho todo juntos, perdón que insista. Desde pequeño fue un niño frágil, penosamente tímido y yo, sin proponérmelo, asumí un papel protector que, sin embargo, él recuerda con detalles que he perdido. Un par de veces me agarré a golpes con alguien y me fue bien, pero más por ira que por destreza.
Con el tiempo, ya lo he dicho, las cosas se han ido nivelando y el universo de S me maravilla como solo pueden hacerlo las cosas que uno conoce demasiado. Pero ahora, a mi costado, mi hermano, como yo, se estaba muriendo, y no había plan para salir de esta.
Dos muchachas se acercaron al borde del muelle. Parecían del lugar. Hablaban en voz baja pero alcancé a oírlas decir que había dos tipos en el agua que estaban a punto de ahogarse.
Patalea, Tunche, patalea, S. El cuerpo comenzaba a perder fuerzas y cada vez que intentaba nadar hasta el muelle era peor, como acelerar un auto atascado en el barro. Así que, como un acto reflejo, pensé en toda nuestra historia, en nuestra infancia, en el colegio, en los viejos y mi hermana y su novio y en este pueblo donde no estaría bien morirse, y me dije que los finales no tienen poesía, que uno se va y ya. Cuando de pronto una ola gigantesca nos levantó a ambos un par de metros y nos arrojó justo hasta los pilares musgosos del muelle.
A mi derecha, mi hermano abrazaba su pilar como si quisiera sostenerlo. Yo hacía lo mismo. El mar nos había perdonado la vida, nos mandó a casa y después siguió con lo suyo. Ese día se murieron, como todos los días de verano, unos cuantos bañistas borrachos, dos o tres pescadores, nosotros no.
El día entero fue una fiesta. En la noche cantamos, bebimos cerveza y Chimbote fue finalmente un pueblo eufórico.
A la mañana siguiente, con el sabor de la cebada amargándome la boca, me asomé a la ventana en lo alto de ese hotel azul, miré el inmenso mar y me puse a pensar sobre la vida.
Debo admitir que me embarga cierto Deja Vu con la historia, pero en esta ocasión la percibí de manera más rica. No cabe duda, las letras siempre se leen mejor de lo que suenan. Gracias Maestro.
Espectacular. Me dejas embriagada de nostalgia…