Anoche mi hija leyó por primera vez a T. S. Eliot. El Old Possum’s Book of Practical Cats, un lindo libro sobre gatos que aman la noche. Tiene 11 años. Te cuento. Le encantan esas cosas y si puedo anticipar algo va a dedicarse a lo que yo. Escribo. Mi hija suele darme alegrías como esas, nada estridentes pero llenas de una amable simetría.
Creo que trato de decirte que tengo una vida bastante normal y que a mi alrededor pasan cosas y que a menudo me siento afortunado. Hago periodismo y hace años que no vivo más en Lima. Ah, Lima, tanto he dejado por allá, pero te sorprendería ver cuánto se acostumbra uno a transcurrir sin aquello que siente imprescindible.
El otro día recordaba a esa vecina del barrio que un día decidió, por fin, sembrar un jardín frente a su casa. Tú convocaste a los niños de la cuadra y juntos salimos a robar plantas en calles aledañas, porque la mujer no tenía dinero ni para una mata de geranios.
Pero no es eso lo que vengo a contarte. La otra noche soñé que estaba en la azotea del edificio de Sarmiento. Con una cajita de fósforos reventaba cohetecillos y el estruendo golpeaba el otro lado de la calle, sobre la alta hilera de eucaliptos del estadio. Y entonces subías y yo, que ahora sé que habitaba en ti el demonio, encendía un cerillo y te prendía fuego y la luz de tu cuerpo era la paz.
Sabe Dios si vives todavía, sabe Dios si recuerdas esta historia. Un día le hiciste creer a un niño que esas cosas pasaban entre hombres. Y te creí porque la inocencia está hecha de héroes y villanos y uno no pregunta sobre lo que no es capaz de imaginar. Tantas veces me llevaste a un lado para contarme esa versión tuya del mundo, para aclarar en mí las cuestiones de tu sexo. Y, claro, hoy sé que esas cosas no se hacen y que la cabeza de los niños debe alimentarse con cosas de niños, porque todas las demás siempre llegan con el tiempo.
Gracias a ti conocí la ira —qué esperabas—, cierta rabia trascendente, la que no te suelta nunca. Un día te busqué para sacarte la mierda, patearte en la cara y en los huevos y devolverte un poco de dolor. Pero te paraste, todavía más fuerte y más alto que yo, y me tomaste por las sienes y estrellaste mi cabeza contra un muro de cemento.
No creas que estás siempre en mi memoria. Pero suelo lamentar los finales donde quedo mal parado, y en días como hoy, en que siento que no sirvo para nada y me miro en el espejo y mi melancolía me golpea en la frente como una imagen de 3-D, me acuerdo de ti y te alcanzo y te parto el alma hasta hacerla sangrar.
No lo haría, no lo haría. Pero quiero que sepas que le importo a mucha gente, un ejército que cuida mis espaldas y hace más feliz mi vida rutinaria. Porque no te tengo miedo. Ya no, ni a tu imagen ni a quienquiera que seas ahora. Tu nombre es Enrique Arrese y esta noche, después de tantos años, te tomo de las sienes y te dejo ir.
Tengo la piel erizada…..
….. y la nostalgia clavada en el corazón.
Maestro, qué mejor metáfora para incendiar los demonios que los inocentes cohetones de la infancia. Como bien dice, los fantasmas nunca se van, pero qué divertido es soñar con que los ahuyentamos y corren presas del pánico ante nuestras sonrisas. Nada mejor que tomarlos de las sienes y cortarles la respiración solo para minimizar la pesadilla con la que interrumpieron el sueño.
mi corazón late muy ràpido y mis manos sudan, que lindo escribes hermanito, admiro eso y tu valor. Te quiero mucho!
Amigo, te prometí leer y leí tu protesta. Te prometí responder y sólo se me ocurre contarte un relato que encontré hurgando entre las páginas de un libro de autor desconocido que hallé la otra noche en una playa de San Agustín, cuando regresaba de Washington DC. Al parecer se trata de una reliquia que el mar devolvió tras el hundimiento de la fragata Nuestra Señora de la Esperanza, navío español que se fue a pique durante el paso del huracán Norma, el 23 de octubre del año de gracia de 1642. Dice así:
“Madre, ¿por qué me cuesta tanto comprender que debo honrarte? He conversado con mis muñecas respecto a este tema y ellas guardan silencio, con sus ojitos tristes. La ‘titi’ ahora se esconde, ya no quiere acompañarme en mis viajes por las misteriosas islas del Pacífico Sur, aquellas que descubrí cuando fui en busca de la tortuga más grande que existe en el mundo. Y la ‘nené’ no hace otra cosa que llorar. Llora tanto que anoche le dije que ya no soporto sus gemidos. Pero el asunto es que no logro comprender por qué debo honrarte. ¿Tú crees que en mi cabeza ya no existe espacio para dar cabida a estas antiguas enseñanzas extraídas de los sagrados libros de nuestra fe católica? Si el padre Juan se entera de mis pensamientos es probable que me castigue y me envíe directamente al infierno, el hogar del diablo. ¿Me prometes que no le dirás nada al Padre Juan el domingo, cuando vayamos a la misa? ¿Sabes? Ya no te preguntaré en relación al mandato de honrarte. Nunca más expresaré la intimidad mía, pero respóndeme a una sola pregunta y quizás mis muñecas vuelvan a ser las mismas de antes: Madre, ¿por qué me violaste?…”
Este fragmento, amigo, es la introducción del libro titulado ‘Oficio Secreto’. No recuerdo si en la lista de fugitivos aparece ese tal Arrese. Lo revisé anoche cinco veces. Creo que dejó de existir el mismo día que nació.
Bien! Uno detesta los finales donde se queda mal parado, lo sé, y aunque poco importa quién te dejó mal parado, igual cierta bronca permanece. Ahí sólo queda escribir, resolver y dejar ir. Siempre dejar ir.
Lo más triste no es que los fantasmas jodan tus noches, lo triste es seguir creyendo en ellos cuando amanece. Qué bueno que prendiste la luz.
Algún día dejarás de creer en ellos hasta con la luz apagada, ya verás…
Que bueno que puedas escribir de esta manera y conectarte con tu infancia como si fuera hoy. Tus palabras me dieron ganas de volver a escribir.