Where I belong I’m right (Parte 1)

No debería uno citar a McCartney. Menos en esos círculos donde hablar de los Beatles no es hablar de música sino más bien no tener realmente de qué hablar: se nos acabaron los temas, hablemos de los Beatles. Fácil. Cualquiera sabe cualquier cosa sobre un grupo cuya montaña de trivialidades hace parecer cultos a no pocos asnos encubiertos.

Pero me suele pasar que pienso con canciones. El otro día, por ejemplo, mi mujer me encontró durmiendo en su mitad de la cama y me pidió que me hiciera a un costado. De inmediato pensé: ‘Cada uno tiene su lado de la cama, cada uno tiene su lado en todo, tú la sientes saliendo del cuarto rumbo a la cocina…’ Y cuando voy manejando y acelero, a veces comienzo: ‘You got a fast car, I want a ticket to anywhere…’ Y puedo seguir hasta terminar la canción, y el disco entero si no salgo de ese trance.

Claro que Blades y Chapman son intrusiones dignas, pero como soy incapaz de controlar las réplicas, un día de esos me sorprende Laura León y me jode la tarde. Mi hija me llamó hace poco para que mate a una araña patilarga que no la dejaba entrar en la ducha, y salí de ese baño entonando en mi cabeza: ‘Cuidao, cuidao, que te pica la arañita, cuidao, cuidao, la arañita del amor’. Y esas canciones son como la gripe: uno puede pelear contra ellas pero al final se van solas y a su tiempo.

Mi amigo Lucho vino a visitarme el otro día. Una visita breve, como tantas, porque Lucho es como cualquiera que haya visto la filmografía completa de Lars Von Trier: nada se le ha perdido en Miami. Pocos amigos vienen a Miami, pero Luchito lo hace con frecuencia porque nos queremos mucho y compartimos un principio fundamental: entre Von Trier y Wes Craven, Wes Craven, y entre Drogba y la Foquita, la Foquita, y el que no esté de acuerdo que se joda.

Lucho es músico y tiene el don de la exquisitez. En su música. En el resto de su vida se pasa el día tomando Coca-Cola y comiendo pollo a la brasa, como si el precio de su genio se pagara con el hígado. Llego a Miami el martes a las siete de la mañana, recógeme en el aeropuerto, avisó. De modo que me preparé para madrugar, porque un martes a esa hora sigue siendo lunes para mí.

(Continuará… Gracias por la espera, by the way)

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