Where I belong I’m right (Parte 2)

De modo que Luchito llegó esa mañana con el look que le conozco desde que nos hicimos patas hace casi 20 años: nunca sé si lo suyo es desaliño o una cuestión de estilo. Nos dimos un abrazo fuerte y arrancamos el news reel de nuestras vidas. Él iba camino a Montreal donde daría un par de conciertos, yo tenía casi listo un libro de poesía…

Algo sucede en la adultez que uno empieza a creerse que todo es perentorio, que la corrección es una virtud deseable. Qué estupidez. Tendría 14 o 15 cuando le dije a mi vieja que el mundo me parecía un lugar miserable (algo así). Y me dijo, con cierto fastidio, que eso era cosa de muchachos y que ya pasaría. Tengo 38 y sigo pensando igual (peor, la verdad), salvo que ahora también le doy en algo la razón a ella: la adultez puede hacerte un poco ciego, hacerte tolerar lo que antes te parecía razonablemente indigno, sentir que tu lugar es dondequiera que la adultez te sorprenda. Me paso la vida evadiendo gente así.

Como todos mis grandes amigos, Luchito vive para esas cosas de muchachos. Serían las ocho de la mañana cuando nos metimos a La Palma a pedir uno de esos desayunos cubanos servidos en lomas de epicureísmo tropical. Huevos fritos, salchichas picantes, jamón, café con leche, jugo de naranja, pastelitos de papa a la sartén: grasa en distintos sabores que devoramos como si la salud y la esbeltez fueran cosa de cojudos.

Pero sobre todo nos cagamos de risa, con historias que más o menos conocemos de memoria, las de los patas, que siempre son los mismos: el adorable neonazi puneño, el marica encerrado en el clóset, el trovador ególatra, el pelmazo de Silvio Rodríguez.

Lucho venía a quedarse por apenas cuatro horas, de modo que ni bien pagamos la cuenta nos fuimos volando a caerle al juguete nuevo: una batería Pearl color vino que acababa de comprar por 300 mangazos. Una ganga, que aproveché para cambiarle los parches y dejarla como nueva.

Luchito la probó y dio un veredicto memorable: “Suena como la concha de su madre”.

De modo que instalé cuatro congas frente a mí y él se quedó en la batería y nos pusimos a improvisar sobre bases de songo y de festejo. Luego conecté el iPod a un amplificador y puse el Papa Gato de Poncho Sánchez y cosas de Irakere y Papo Lucca que 15 años atrás habían sido nuestra banda sonora. A todo volumen.

Y fue como esa noche en que perdió la selección y nadie fue a vernos al Ekeko, porque nadie está de ánimo de nada cuando se pierde en el fútbol, y los chicos de la banda tocamos para nosotros y Luchito le dedicaba canciones al inepto de Maestri, y Pablito, me acuerdo, se metió un solo memorable y la dueña del local nos aplaudía como si esa noche fuera casa llena.

Tocamos hasta cansarnos y saqué de un estante el King Kong de Peter Jackson en Blu-ray, y le dije a Lucho algo como que si no había visto esta película (en Blu-ray) corría el riesgo de contraer granuloma venéreo. Que había que verla, pues.

La vimos, sí, pero saltando a las partes en que aparece el mono (ya sé que es simio), y comentábamos la nitidez de la imagen, el genio de Andy Serkis y lo buena que está Naomi Watts. Pero pasada la mecha entre Kong y los tiranosaurios (“la mejor pelea del cine desde que Sonny le pegó a Carlo”, sentenciamos) comenzó a vencerme el sueño como si recién entonces arrancara la digestión del desayuno.

Cuando desperté, Lucho también roncaba en un sofá. Le pasé la voz y tan pronto abrió los ojos miró el reloj: “Compa’re, ya me quito”.

Lo llevé al aeropuerto y en el camino, aún desperezándonos, pensaba que hacía mucho tiempo que no la pasaba tan bien, a salvo del mundo exterior. Que hubo un tiempo, antes de que vivir empezara a perder su sencillez, en que la comida, la música y el cine lo eran todo, y que por mucho que uno viva y crezca y haga cosas, ese estado anterior decide el camino de regreso.

This is me, and this is where I belong, pensé en inglés. Where I belong I’m right. Voy a escribir sobre esto, le dije a Luchito. Lo dejé en la terminal y nos despedimos como de costumbre: abrazo, brother, te quiero como mierda, chaufa. Busqué a los Beatles en el iPod. Ya era martes para entonces.

Advertisement

Dejar un comentario

Archivado bajo Uncategorized

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s